
En el Pabellón de España de la Exposición Universal de Sevilla 1992, se exponía una importante muestra de las obras más renombradas -y que pudieran transportarse sin peligro de dañarlas, supongo, del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid y otros museos nacionales -tal vez también internacionales- de arte contemporáneo - en realidad, el siglo XX- realizadas por artistas españoles. De entre todos las obras presentes -además de los cuadros dobles de Salvador Dalí, pintados con un ojo cubierto primero y luego el otro, y de uno de sus crucificados, así como otras hermosas creaciones de ese periodo-, por aquello de que lo no conocido -entre comillas- te llama más la atención, me quedó grabada especialmente una de Miquel Barceló -creo que era de él aunque no encuentro copia alguna y, siendo en mí ésto más normal, no recuerdo su título; quizás no exista y mi memoria lo ideo para cuando llegase este momento; mis disculpas adelantadas al autor real, si no estuviera en lo cierto, si bien desearía saber de sus datos y de los de su impactante obra; o, se me ocurre, que se trató de un cuadro efímero con una proyección vital de un año; ¡por favor, si alguien lo recuerda, que me diga algo antes de volverme loco!-.

Supongamos, a pesar de las dudas, que el lienzo cubierto de una mixtura de óleo y, tal vez yeso, cartón, pegamento, papel, tinta, nicotina, alquitrán y millones de sustancias nocivas, existía y pertenecía su autoría a Miquel Barceló. Expliquemos entonces los motivos del impacto. Y me resultó impactante, por un lado, porque, en su absurdo aparente, era estéticamente bella y transmitía un subyacente buen gusto e inteligencia, como buscando la complicidad con el observador; por otra parte, porque dentro de una masa de relieves pintados, figuraba adherido, como parte de la obra -y no como una gracia de algún visitante-, un paquete de cigarrillos de la marca Ducados -el tabaco negro más consumido en España. El hecho era curioso, pero, en cambio, no desentonaba en el conjunto de la obra, sino que se añadía al colorido -los colores corporativos de dicha marca son el azul y el blanco-, por lo que, dentro de su abstracción y atrevimiento, realmente sí se podía afirmar que era una obra de arte a tener en cuenta, en tanto casi es posible que, si no se hubiera pegado aquel pequeño envase de fumarolas, por ese simple detalle, posiblemente, el resto, la pintura en sí, la obra que estaba presenciando, no existiría.

Claro que de Miquel Barceló, no se puede decir mucho más de lo que se ha dicho, tanto por críticos como por los que han pagado fortunas por un cuadro suyo. Después entran los gustos e, incluso, podrá ocurrir que a uno le agrade una pintura o etapa y otra no o ninguna.

Al hilo, recuerdo otra obra suya, expuesta en el Reina Sofía -¿o fue en un a exposición de La Fundación La Caixa en Las Palmas de Gran Canaria?-, subtitulada, sino recuerdo mal y, si no, muy similar, "cuadro para ciegos o para tocar". Ya con el título se puede imaginar uno que se trata de pintura en relieve -técnica mixta sobre lienzo-, pero con la particularidad de que no se podía tocar -un cordón de cortesía lo impedía -o, más que impedir, nos informaba o intentaba convencer de que era mejor no hacerlo-, por lo que no pude comprobar qué podría asemejarse a lo que un ciego sentiría; como tampoco sé si a los ciegos -por no coincidir con ninguno- se les daría el permiso para palparla. Era también como un mar de blancos, grises, sienas, azules... Simple y compleja a la vez. Entraba bien por los ojos, pero por el tacto... nunca lo sabré.

Me atraen de Barceló las obras que abarcan el vacío, como las que se ven en este artículo, como si al universo se le invirtieran los colores y el negro pasase a ser blanco y el blanco a negro. Y me recuerda que apenas los científicos -y, por lo tanto, la humanidad- conocen el 15% del universo, pues el restante 75% es antimateria o materia oscura y ni se ve ni se imaginan siquiera cómo se comporta. En estos cuadros de Barceló, en cambio, parece que nada se conozca pero todo se intuya, como desvelando a media luz el entramado del universo inmenso y el universo de lo más pequeño.

Barceló, cada vez más, está logrando ser reconocido como uno de los más -o el más- importantes de los pintores vivos, más aún porque responde a diversos estilos y abarca también la escultura, la fotografía, la escenografía, la promoción cultural..., casi a la manera de un artista del Renacimiento. Este reconocimiento ha fraguado este último año con la conclusión de la decoración de la Capilla del Santísimo de la Catedral de Mallorca, que contiene, como una de sus aportaciones -y parte de la polémica-, un mural ideado también para ser tocado -Miquel Barceló colabora con varias asociaciones de discapacitados sensoriales para acercar el arte a sus componentes- y el encargo de la ONU, firmado el día 10 de este mes, para pintar la cúpula central de la sala XX del palacio de las Naciones Unidas en Ginebra. Dicha sala, una vez concluida la decoración de su cúpla -lo que algunos denominan la Capilla Sextina del siglo XXI, sera bautizada como Sala de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones, albergando la sede de El Consejo de los Derechos Humanos de la ONU -lo de la famosa 'alianza' nos dice a las claras que el dinero del coste de la decoración, que asciende a 1.000.000 €, no lo soporta el organismo supranacional, sino una fundación española de capital mixto, entre algunas de las empresas más importantes y el Gobierno nacional y el autonómico, en este caso,, con la finalidad de promocionar a los artistas nacionales en el ámbito internacional.

Alguno pensará que solamente he hablado de arte y nada de ciencia -a excepción de usar varias veces la palabra universo. Y es cierto. Mas, como Barceló no puede -ni él ni nadie- formar parte de la tripulación de la
sonda Cassini, obtenemos que alguna de las imágenes corresponden a una zona de
Iapetus, la tercera luna más grande de
Saturno, la cual es considerada como la más extraña de todos los satélites del gigante anillado y la han apodado "la luna yin-yan", pues un hemisferio apenas reflacta el 5% de la luz solar y el otro es tan blanco como la nieve.

Con todo, existe una zona de transición, ahora descubierta, entre ambos colores contraopuestos, de unos 35 Km., que es la que corresponde a una de las imágenes publicadas; dicha área ha pasado a ser denominada la Región Cassini, recordando al ingenio autor de la reciente fotografía -y es de suponer que a
Giovanni Cassini, descubridor de Iapetus en 1671 y de quien se tomó el nombre para bautizar a la sonda espacial.
¿Quién se atreve a asegurar cuál de todas es la imagen que corresponde a la Zona Cassini? ¿Quién desvela lo que no es intrínsecamente arte, aunque lo parezca, y puede decirme algo así como "es tan evidente que esta entrada debería ser arrojada a la papelera de reciclaje de la red"; o, si no, otro "si aquí no se ve nada que pueda denominarse arte"?
En definitiva, vivo siempre y cada vez que me asomo al espacio, ya sea desde una ventana ya en una fotografía ya en directo desde la
Estación Espacial Internacional (NASA TV), inmerso en el asombro de todo lo hermoso que nos rodea y que la ciencia y la curiosidad, con su constancia de hormiga, van acercando a nuestros ojos. Y a veces pienso cómo es posible que ante esa belleza y la que los hombres podemos crear, existan seres que vivan aún junto al y en el árbol que tienen que defender y mantener a toda costa pues el resto es el enemigo, en el sentimiento belicoso de tribu y manada, en la absoluta ceguera de la destrucción y la irracionalidad.
OBRAS DE MIQUEL BARCELÓ PRESENTADAS:PEDRA BLANCA SOBRE PEDRA NEGRA, 1988
AUTOUR DE LAC NOIR, 1990
CHEMIN II, 1997
OLIVAS NEGRAS, 1988
HUITRES III, 1989
ROSEG GLETSCHER 2, 1990
PORTADA DE CATÁLOGO DE EXPOSICIÓN INDIVIDUAL EN LA GALERÍA SOLEDAD ALONSO MADARIAGA (MADRID), 1997
N.B.: Obviamente el orden no es coincidente con el del texto -o sí, nunca se sabe-: en breve se publicarán las correspondencias correctas.
ENLACES:
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